El panorama político que observamos hoy no es más que el reflejo de una transformación previa y mucho más profunda: el cambio radical en el ecosistema informativo. La red ha fagocitado la comunicación contemporánea y, con ello, ha dinamitado el paradigma del mensaje unívoco. Ya no existe una voz de autoridad indiscutible que dicte un consenso general.
Al mismo tiempo, esta hiperconexión ha generado un fenómeno fascinante. Una gran parte de la sociedad ha adquirido una perspectiva global y geopolítica del mundo. Sin embargo, dentro de una misma tendencia, la red amplifica infinitos matices, lo que dificulta enormemente llegar a una idea global que sirva de cimiento para estructurar la sociedad.
El mensaje geopolítico arrastra consigo, de forma inevitable, un mensaje sobre qué es el hombre. Es en este punto de incertidumbre y de exceso de información donde aflora la necesidad de encontrar una norma moral clara. La validación de nuestras ideas con un sistema de vida la encontramos, en última instancia, en la religión. Pero, al observar el mundo, debemos preguntarnos qué significa realmente el hecho religioso. A grandes rasgos, en el tablero global contemporáneo podemos distinguir tres grandes respuestas a este dilema.
Los tres grandes paradigmas ante la naturaleza humana
El primer modelo es el de la contención mental, que a menudo funciona en la práctica como una «no religión» en el sentido teísta tradicional. Aquí encontramos sistemas de pensamiento como el budismo o el modelo de Confucio. Su eje central es el control de las pasiones y el dominio de la mente por parte del propio ser humano a través de la disciplina interior y el orden armónico.
El segundo paradigma lo representa el islam. Estructurado históricamente en torno a la sumisión a la norma divina, se erige como una religión de control integral del ser humano y de la comunidad sobre el individuo. Es un modelo que articula tanto la vida espiritual como la ley civil, derivando a menudo en un ordenamiento social con una notable ausencia de libertad individual.
El tercer modelo es el del cristianismo. Su propuesta antropológica es radicalmente distinta, ya que se basa en la revelación de un Dios personal. Cristo llama al individuo y le propone un camino y una moral elevada, pero su esencia radica en que otorga al ser humano la libertad absoluta para seguirle. Es una religión donde el seguimiento exige el ejercicio del libre albedrío humano.
El arraigo de la libertad en nuestra tradición jurídica
Esta última concepción antropológica no es una simple abstracción teórica, sino que constituye la piedra angular sobre la que se ha edificado toda nuestra tradición jurídica occidental. Desde las raíces del Derecho Civil hasta la complejidad de la contratación moderna, todo nuestro sistema legal asume la existencia de un sujeto libre, consciente, capaz de obligarse voluntariamente y de ser responsable de sus propios actos.
Sin ese libre albedrío, intrínseco a la visión cristiana de la persona, instituciones jurídicas fundamentales perderían por completo su sentido. El derecho de obligaciones y contratos, o el propio concepto de responsabilidad, nacen de la premisa de que el ser humano es dueño de su destino.
Este es, en el fondo, el gran dilema actual. Quienes navegan por la red buscando una brújula para entender la geopolítica y el mundo moderno terminan enfrentándose a estas formas de comprender la existencia. La política seguirá mutando al ritmo de la tecnología, pero la elección íntima entre el control mental, la sumisión normativa o la aceptación en libertad de una llamada personal sigue siendo el verdadero sustrato que mueve la historia y sostiene nuestra civilización.

Antonio Bosch Carrera. Notario de Barcelona y profesor universitario. Especialista en herencias, conciliación notarial, servicios notariales del área inmobiliaria y área internacional.

